La inmensa mayoría de pasajeros de cualquier avión no hace nada durante el vuelo. Ni siquiera escuchar música u ojear la revista de la aerolínea. Si el lenguaje corporal de muchos pasajeros refleja al menos en parte su actividad mental, sospecho que son legión los que ni siquiera repasan la lista de la compra. Sus expresiones faciales no reflejan precisamente los esfuerzos de concentración que requieren experimentos mentales. Puede que la mayoría no lleguen a articular pensamientos en todo el trayecto. Mirar a la azafata más interesante no cuenta como pensar; la evocación de recuerdos sensuales es un asunto fisiológico sin apenas contribución del córtex.
Si los libros de bolsillo y aparatos portátiles de música no fueran lo suficientemente cómodos para disfrutar de un rato tranquilo en el viaje, la civilización del ocio nos ofrece videoconsolas, ipads y kindles. La tozudez de los humanos en no usar su potente cerebro ni en situaciones de confinamiento forzoso me hace pensar que existen leyes en el ámbito de la Física que operan a un nivel profundo.
Improviso aquí unos casos particulares de la teoría de la relatividad para especular sobre el comportamiento de la gente en los aviones:
- la restricción de grados de libertad en avión no resulta en una aceleración proporcional de la actividad mental
- la deceleración de actividad del intelecto tendiendo asintóticamente a cero en condiciones de movimiento lineal es independiente de la distancia recorrida durante el transporte y su duración
- a diferencia de la paradoja de los gemelos, el tiempo pasa a la misma velocidad para el pasajero en tierra o en vuelo, conocido como “en blanco”
Numerosos medios científicos anglosajones y germanos proponen otras explicaciones no menos deterministas. Todas ellas apuntan a que la prolongada exposición al medio televisivo ha conformado un metabolismo basal del cerebro en condiciones de inmovilidad. Los pasajeros adoptarían así un estado de infraconciencia, coloquialmente llamado de “encefalograma plano”, en la posición de sentado mirando al frente. Dicha teoría tiene el atractivo de explicar al menos en parte el comportamiento de la gran mayoría de conductores al volante de sus coches.
Las sugerencias por parte sobretodo de autores alemanes e ingleses de que los pueblos del Mediterráneo son los más afectados por el consumo de televisión están ganando rápidamente en popularidad. La falta de evidencia empírica de que los pueblos latinos piensan menos durante un vuelo comercial debido a su inferioridad cultural y su falta de fibra moral no han restado hasta la fecha un ápice de credibilidad científica a sus trabajos.
Sean cuales sean las razones de esta estulticia, físicas o culturales, por alguna razón me siento incapaz de reducir mi actividad durante el vuelo. Una minoría en la que me incluyo “aprovechamos” el vuelo para “hacer” cosas. A mí me gusta mirar por la ventanilla, tanto de noche como de día, esté nublado o no.
Me distraigo mirando cualquier detalle del paisaje o del horizonte de nubes. También hay momentos excitantes; los aviones que se cruzan en la misma dirección pero en sentido opuesto se alejan a una velocidad relativa de unos 2,000 km/h. Los humanos podemos juzgar muy bien tamaños, distancias y las características del movimiento relativo incluso sobre un fondo sin referencias como el cielo o las nubes pero resulta difícil de explicar cuán deprisa pueden moverse dos jet comerciales el uno respecto al otro.
Para saber por dónde estás volando sólo necesitas:
- Un GPS
- Un mapa
El iphone tiene un receptor de GPS que permite conocer las coordenadas geográficas precisas. Una aplicación de mapas offline es perfecta para ir viendo por dónde pasa el avión.
Ésta la primera de una serie de fotos de paisajes ibéricos tomadas desde el avión:
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